martes, 29 de noviembre de 2016

Cuentos de terror.
Pesadilla.
  
 Desperté al sentir un gran estruendo, una puerta golpeaba fuertemente contra la pared, volvía a su posición y repetía la acción. Mi cuerpo se estremeció. Una corriente de aire recorrió todos y cada uno de mis huesos, hacía frío, mis dedos perdían movilidad. 

   En un arranque de desesperación comencé a frotarlos, pero no daba resultado, junté ambas manos rodeando mis labios, suspiré lanzándoles aire tibio, no funcionó.

   Me sobresalté nuevamente, un ruido molesto y ensordecedor, esta vez las latas del techo, principalmente las de mi habitación, comenzaban una desesperada lucha contra el viento, verificando quién sería el ganador. 

   Mi anatomía completa comenzó a temblar, el frío era incontrolable, se metía en tus huesos y se pegaba a ellos como chicle gastado a una suela de zapatos. Frente a mi lecho, junto al clóset de un hermoso barniz, se encontraba mi ventana, una vieja ventana fabricada con nailon, algo rota.

   Estaba oscuro, pero podía ubicar perfectamente cada minúscula cosa, con la fuerza del viento, el nailon parecía adentrarse en mi habitación, me sorprendí, mis ojos se abrieron desmesuradamente y mi expresión se deformó al contraerse por el miedo.

   En el centro… en el centro de aquella gastada, arrugada y vieja ventana, parecía observarme, con una expresión maniática y desquiciada, el rostro de un hombre, un rostro deforme y horrible, mi cuerpo volvió a sacudirse, esta vez no de frío, sentía mi cuerpo casi convulsionar, mi boca y garganta se secaron rápidamente.

   La lluvia se hizo presente, fuerte, constante, violenta, destructiva. Daba la impresión de que los cielos estaban enfurecidos, mi vista, un poco borrosa gracias a la oscuridad, siguió, entonces, una silueta que se trasladaba por mi habitación como Pedro por su casa. Palidecí, mi corazón comenzó a golpear mi pecho con fuerza, puntadas me atacaron, llevé una de mis manos al lugar que dolía y masajee, retiré las mantas de sobre mi cuerpo y me senté. Las puntadas se intensificaron, me destruían por dentro.

   Me senté en el borde de la cama, sin despegar un segundo la vista de aquella silueta, era tan alto como un oso y tan robusto como un orangután, se paseaba tranquilo, tocaba mis cosas, pero no llegaba a moverlas de su lugar.

    Sin esperármelo siquiera se volteó, observándome de una manera indescifrable, me asusté y sentí que todo se detuvo cuando lo escuché susurrar mi nombre.

–Soledad… – susurraba – Soledad…

   Una y otra vez, su sola mirada me aterraba, voltee un segundo hacia la mesita de noche para encender la luz, volví mí mirada a su persona, pero él fue más rápido y se ubicó frente a mí.

    Su rostro a tan sólo centímetros del mío. Podía oler su fétido aliento.
  Un desgarrador y doloroso grito salió de mi graganta, me moví hacia atrás, hasta chocar con la pared, mientras observaba a aquella bestia las lágrimas comenzaron a bajar lentas y tibias por mis mejillas.

    Una sonrisa psicópata levantó la comisura de sus labios, dejándome ver sus podridos dientes. Se alejó unos pasos y pude volver a respirar, agudicé mi vista y pude contemplarlo mejor.

    Tenía una cicatriz que nacía desde su ojo izquierdo e iba hasta la barbilla, cruzándole la cara, sus ojos no apuntaban a una dirección concreta y parecían demasiado malvados,. Lentamente, metió su mano en su bolsillo y de este sacó lo que parecía ser una navaja, palidecí e intente ir más atrás, recordando que ya no había lugar al que correr. 

    Pasó su lengua despreocupadamente por el filo del cuchillo, sacándose un poco de sagre de esta y tragándola luego. Mis dientes castañeaban.

     De un segundo a otro saltó sobre mi violentamente, intenté darle pelea, pero ya era tarde, mi mano estaba atravezada por aquel metal. la sangre comenzó a brotar, intenté gritar por ayuda, no pude.

   Estaba en shock.

    Aprovechó que estaba distraída para volver a meter la cuchilla en mí, esta vez, en mi estómago, ahí sí sentí dolor, me retorcí en la cama mientras sacaba ese frío, ahora caliente por mi sangre, metal de mi anatomía, él lo tomó entre sus manos e hizo lo mismo que antes de clavármelo.
   Lo lamió. Salí como pude de la cama, casi arrastrandome, un relámpago se hizo presente, iluminando todo por una milésima de segundos, pero eso fue lo suficiente para que él se avalanzara nuevamente sobre mí y me apuñalara, esta vez, en el corazón.
 Desperté.
   – ¡Soledad! – Gritaba mamá, mientras me sacudía freneticamente de un lado a otro, respiré dificultosamente y la miré con las lágrimas corriendo como fuentes de agua de mis ojos. Ella se encontraba en la misma situación.
    Secó mis lágrimas y sudor, me sonrió.
   – Sólo... sólo fue una fea y mala pesadilla – susurre.
   Llevé mi mano a mi rostro y la ví, estaba manchada con sangre. Mi sangre. Levanté la vista a la esquina de mi habitación y lo ví.
   Se encontraba de pié junto a la ventana. Sonriendo.    

Soledad Mancilla Silva.






  
                     
                           “El viejo que leía novelas de amor”



      Publicada en 1989, Siglo XX,   El autor, Luis Sepúlveda, es escritor, periodista y cineasta chileno. Nació el 4 de octubre de 1949, tiene 67 años y vive Gijón, España, autor de cuentos y novelas.
   
      Novela perteneciente a la narrativa contemporánea hispanoamericana. El tema principal del que trata es la destrucción del amazonas, además de la soledad y la evasión a través de la lectura.

     Se describe a una sociedad pobre, que requiere de los recursos de la naturaleza, para sobrevivir, sin apenas ningún tipo de comodidad, frente a una sociedad rica, respaldada políticamente y con amplias comodidades. En 1989 fue la primera elección directa, para presidente desde 1960. 

    
            


    Comentarios.




      El terror en la literatura, principalmente, busca traer o mostrar una “realidad” o “fantasía” alterna, aunque no tan ficticia, a través de estas, nos “obliga” a experimentar distintas y extrañas sensaciones. El suspenso, el terror, miedo, entre otros. Al igual que el cine, ambas muestran características oscuras, en todo sentido, o con mucha maldad. La tragedia, o las muertes trágicas, son una de las muchas formas que ayudan a este tipo de “relato” a darle más sentido e intensidad, así como también los tipos de personajes y estereotipos que en ellos aparecen.


     El cuento “El intruso” de  Howard Phillips es un texto narrado en primera persona de conocimiento parcial, el personaje principal es el compendio de todo lo sucio, estrafalario, nefasto, anormal y detestable, un muerto viviente. Era la necrótica sombra de la decadencia, decreptitud y desolación. Su ambiente era oscuro y macabro, su tiempo histórico es de siglos y el del relato es de una noche, con una descripción narrativa Ab ovo, su personaje principal es el estereotipo de un Zombie y su desarrollo es en relieve, redondo o evolutivo.


      El cuento “El monte de las ánimas”, es un texto con narrador externo, omnisciente, con un tiempo en la historia de dos días y el tiempo del relato son de años, tiene su disposición narrativa, al igual que “El intruso”, de Ab ovo. Alonzo y Beatriz, son los personajes principales, su desarrollo es redondo y su estereotipo son los fantasmas, Beatriz es de ojos azules, oscura cabellera y labios delgados.


      Ambos cuentos tienen similitudes, una de ellas es el ambiente, tan oscuro, lleno de misterios y suspenso, de muertes y miedos. Otra similitud es que ambos personajes después de muertos "aparecen". Otra es la manera de narrar las historias, en cierta forma son parecidas.

       Horacio Quiroga, muestra la muerte desde diferentes perspectivas, ya sea desde la trágica o no, siempre su final nos sorprende, tal como en “La gallina degollada”, la mayoría de las veces, son muertes causadas por terceros, en este caso la muerte es causada por sus cuatro hermanos idiotas, esta está escrita de manera que da la sensación de que es una terrible pesadilla. Por Poe, como la “Máscara de la muerte roja”, al igual que Quiroga, intenta mostrar las tragedias y muertes desde un lado macabro, pero sin llegar a ser muy objetivo.


      En mi opinión, adoro como escriben ambos autores, la sencillez y facilidad con la que nos hacen “ver” las cosas, en muchas situaciones, son las que me inspiran a seguir leyendo. Recuerdo que el primer libro que leí, fue uno de Horacio Quiroga “Cuentos de la selva”, sin duda me a tener una perspectiva diferente de lo que usualmente no le tomaba mucha importancia y ellos eran, los animales. Gracias a ese libro, les tomé respeto y mucho cariño, me ayudó a conocerlos y a querer saber más de ellos.                                                                Soledad Mancilla.


                                                                            Escrito y redactado por Carolina Cárcamo, Valentina Casanova y Soledad Mancilla